martes, 16 de octubre de 2012

Las rutas del imperio (No erótico)

     Arreglamos para las seis, pero cuando llegamos, la Héctor seguía en la cama porque se había dejado acariciar por el frío de la tarde. Es que vivía solo, y Lú nos esperaba. En el aire se respiraba la amenaza de los años, y por eso habíamos decidido estar juntos siempre.

     Así nos desplazábamos muy serios, (cosa no común entre nosotros), amparados por una lluvia velatoria que transformaba al 147 en un vehículo oficial de embajadores, una comitiva de gobernantes, o reyes de jurisdicciones nuevas, o sabios; porque decíamos que los de nuestra raza se estaban por fin organizando: que las distintas eras y civilizaciones caducaban, y que los dioses del tiempo y del destino coronaban a los nuevos otorgándoles dones y poderes distintos... No éramos los únicos: también por otras rutas, en otros autos, otras comitivas urdían la eclosión del nuevo orden. Éramos una plaga, una epidemia, un nuevo cáncer que se ramificaba de ruta en ruta, de ciudad en ciudad; la raza humana, la especie,  ardía en fiebre bajo los hilos grises de la lluvia.

      Avanzábamos al galope de las ruedas imperiales cada uno adornado con emblemas invisibles. La Héctor ganaba en puestos de trabajo: Augusto y yo habíamos conquistado la noche al menos en la 197, y la Lú agonizaba  en un hospital  público. Una mala maniobra: se  inyectó aceite en los pechos, porque quiso gobernar los hoteles de Luján con aires de reina permanente... pero a Lú le ocurría lo que al mundo ahora: también ella tenía un algo que le estaba comiendo el cuerpo, también sus defensas cedían, y me dije que ella encarnaba en sí misma (alineándose a los signos de los tiempos) la muerte del sistema mundial, solo que a Lú se le estaba debilitando otro sistema.

Todo se movía en armonía con la luz del cambio. La Héctor ponía en cuarta, en quinta, doblaba la avenida, aceleraba, porque en su mano y en las nuestras  estaban los hilos de la historia.

 Llegábamos ya a la rotonda y otros mientras tanto conquistaban pasarelas, la música de moda, las tendencias, los perfumes, la ruta ocho, el art decó. Estábamos en todos lados.

Estacionamos junto a unas ambulancias: Prohibido estacionar. Prohibido educar así en las escuelas. Prohibidas las marchas del orgullo, conectar la alarma, recorrer los pasillos como los grandes caudillos que éramos. La bandera multicolor ganaba las calles y el obelisco se cubría de látex. Éramos nosotros.

Acá estamos Lulú. No te mueras, no te vayas a un paso ya de la victoria. O si, o si Lú, es necesario, porque la peste no nos derribará el imperio; porque el cuerpo no te resistirá el aceite, porque prometimos estar juntos Lú, juntos; porque sabemos que nosotros es lo único que tenemos.

 

 

Pablo Daniel Salinas

Todos los derechos reservados

 

 

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San Marcos y el león

Si cuando entró yo estaba con la idea de hacerme un té, de caminar hacia la cocina y hacerme un té negro o un café, porque me gusta el café servido en pocillo, y sobre todo cuando todo está callado y cuando el sol imprime luminiscencias verticales, por la tarde, en la pared.

Entró, se sintieron sus pasos y su mentón y su rostro aparecieron después ante mis ojos con esa pulcritud en la camisa, esa bondad en los ojos y su perfume.

No me detuve. Caminé por el pasillo lustroso. Pensé en la pava y en servir dos pocillos. Él saludó, o no recuerdo si lo hizo, si lo imaginé o si recordé otras épocas, en otra casa, bajo otros influjos. Sé que tuve ganas de que su saludo lo atrajera hasta mí. Se me cruzó por la mente la idea de que posara su pecho encamisado en mi brazo y su boca en mi cuello para darme un beso tímido y fugaz. Pero me lo imaginé nomás, porque cuando entró me saludó o me miró saludándome y dejó su estela de perfume encaminándose hacia la capilla interna.

Me atreví a seguirlo, a seguir el vaho de hombre maderoso que quedó en el aire traspasado de sol. Caminé lento hacia el lugar en el que él estaba sentado. Parecía ensimismado, quieto bajo la luz de la tarde que lo acariciaba desde los vitrales haciéndolo una figura majestuosa, un dios escondido bajo la camisa gris, irradiando una luz que ya no era el amarillo refractado del león de San Marcos sino su propia belleza silente. Porque San Marcos observaba inmutable desde el vitreaux con el brillo de la tarde refulgiendo en sus ropas, en su mentón, en sus manos, unas manos que adivinaban la fuerza de los brazos apostólicos, la hombría, la voz del rudo portavoz de un antiguo mensaje. El león se le parecía en algo y parecía disfrutar el ocaso de la tarde a los pies del santo, y su melena dorada refractaba incandescencias en la camisa y en el rostro de este hombre que tenía yo ante mis ojos, y que avivaban su perfume elevándolo en vapores invisibles hacia mí. Comencé a sentir que ya no era yo un hombre sino una bestia; que mi melena disimulaba el pulso en mis venas, el apetito, la sed, y que mis garras devorarían a este pastor que frente a mí se deshacía de inocencia y soledad. Por un instante me pregunté si aquel león no habría disimulado también su sed, y si bajo esa aparente tranquilidad no se escondían sus ojos vigilantes de los brazos de San Marcos, ansiosos, sedientos de su piel y de sus brazos, y de su cuello con olor a oliva, laurel, hierva silvestre, polvo, sal, carnes tibia y fuertes, un cuello como el que ahora se servía ante mí en su quietud y belleza.

Tragué saliva y me contuve.

Quise decirle que lo comprendía e inventé una excusa de compasión o de solidaridad que me habilitó a posar mi mano en su hombro y decirle en voz muy baja que le prepararía algo para tomar. No se movió. Alzó su rostro y me miró con una aprobación espontánea, como si de repente sintiese que alguien había intuido su sed y su cansancio.

Afuera cantaban ya muy pocos pájaros, la luz se desvanecía en una oscuridad húmeda, las cortinas parecían las sedas de una gran alcoba. Cuando volví con la infusión, Facundo ya no estaba. La capilla descansaba en la penumbra, los pasillos tenían su perfume, las cortinas flameaban con disimulada seducción, y mi cuerpo tomó una decisión que no pude combatir.

Caminó mi cuerpo hacia la escalera, caminó lento y decidido, hizo caso omiso del vitreaux anochecido, de las insidiosas cortinas, del perfume, los pájaros y los grillos que anunciaban la noche inevitable.

Mi cuello estaba humedecido, y mis manos tensas sostenían todavía una excusa con aroma a manzanilla. Subiendo con ella pude conocerme lacerado de fiebre en la piel, el pulso en la frente, todo yo hecho un cirial acosado por el fuego, tan en ascuas que podía iluminarme en la penumbra, brillar de deseo, hacer cenizas mi ropa, evaporar el té y golpear ahora su puerta que, no estaba cerrada; pude percatarme de que la puerta no estaba cerrada y entré sin hacer ruido.

La habitación era penumbra. Algún resplandor lunar se posaba en el escritorio junto a la ventana y en el ambiente se acunaba un silencio perfumado. Todo olía a lustre, a un centenar de libros milenarios, a pulcritud y soledad. Ya cerca de su cama olía a hombría, y mucho más cerca, cuando pude divisarlo a todo él a lo largo del lecho y contemplar el macizo de su cuerpo durmiendo de costado, supe que no habría ya más chance. Dejé la taza en la mesita que ahora mis pupilas podían ver acostumbradas a la habitación sin luz. Tomé, no sin vacilación, el calzado que todavía tenía puesto y acomodé sus piernas que pesaban como una tibia mole sobre el colchón. Se acomodó despacio y su aliento se escuchó en mis oídos y en mis entrañas. Sus pies olían al desquicio de un manjar caliente y su camisa denunciaba el portento de sus brazos.

Me senté al tiempo que pronuncié su nombre  –Facundo…-  dije, para que mi voz fuese un abrazo. Su cuerpo se movió con movimiento leve, me miró Facundo y su abdomen se pegó a mi espalda. Quise darle todas mis excusas, pronunciarle el té, referirme a su cansancio, a la hora, al día, al trajín que lo había vencido y a la noche, pero no hubo tiempo. El aroma a manzanilla se perdió en otros perfumes, y su piel y su silencio traspasaron mi boca. Su fuerza me domó el apuro, su cansancio trocó en ternura, y nada más se dijo que no descifrara por sí misma la penumbra. Las cortinas danzaron alegres y los vitrales satisfechos.

 

 

 

Pablo D. Salinas.

Todos los derechos reservados.